Vivir de los recuerdos

Para hablar de los recuerdos es importante que también hablemos de memoria. Así que, ¡empecemos!

¿Qué son los recuerdos?

El recuerdo es la información del pasado que se tiene almacenado en la memoria en forma de sucesos, experiencias, datos, reflexiones y emociones que hemos vivido.

Por tanto, la memoria es la capacidad de almacenar, recordar y retener información. El recuerdo está ligado a una función cerebral que resulta de las conexiones sinápticas entre las neuronas, y a la capacidad de retener el pasado, que es una facultad psíquica.

La memoria es una gran herramienta que posee el ser humano.

  • Nos permite saber quiénes somos, definir nuestro autoconcepto.
  • Nos permite adaptarnos al entorno.
  • Nos permite dar sentido a nosotros mismos, y al mundo en el que vivimos.
  • Nos permite aprender.

Las fases de la memoria

Brenda Milner, a raíz de sus investigaciones sobre los trastornos de memoria, pudo concluir que existen varios procesos para poder «hacer memoria».

  1. Codificación: proceso en el cual se prepara información para poder ser almacenada, gracias a la concentración, atención y motivación de la persona.
  2. Almacenamiento: consiste en retener los datos en la memoria para una utilización posterior.
  3. Recuperación: esta fase nos permite encontrar la información cuando la necesitamos, es decir, recordar.

Los tipos de memoria

Existen diferentes tipos de memoria, y todas funcionan de forma diferente, sin embargo, cooperan entre ellas en el proceso de memorización.

Si seguimos la «Teoría Multialmacén» de Richard Atkinson y Richard Shiffrin, en la que se entiende que la información va pasando por diferentes almacenes de memoria a medida que va teniendo lugar su procesamiento.

  1. Memoria sensorial: nos llega a través de los sentidos, por lo que es muy breve e inmediatamente desaparece, o se transmite a la memoria a corto plazo.
  2. Memoria a corto plazo: después de haber atendido y seleccionado la información en la memoria sensorial se transmite a la memoria a corto plazo (memoria operativa o memoria de trabajo). Ésta lleva a cabo dos funciones: mantiene información en la mente no estando ya esa información disponible en el presente. Y, pudiendo manipular esa información a través de los procesos cognitivos superiores. Esta memoria tiene gran importancia en el procesamiento cognitivo, permitiendo el razonamiento, la comprensión y la resolución de problemas.
  3. Memoria a largo plazo: permite guardar la información de forma duradera. Existe la memoria implícita y explícita.
    • La memoria implícita se almacena de manera inconsciente. Tiene que ver con el aprendizaje de varias habilidades y se activa de forma automática.
    • La memoria explícita sí está asociada a la percepción consciente. Dentro de ésta están la memoria episódica, que hace referencia a la memoria autobiográfica que permite recordar hechos concretos, experiencias, situaciones personales, etc. Y, la memoria semántica que es aquella que almacena la información que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra vida. Son los conocimientos sobre el mundo, los nombres de las cosas, las personas, su significado, los aprendizajes realizados a lo largo de nuestras etapas vitales.
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La importancia de los recuerdos en la identidad de la persona

Las experiencias que vivimos desde que nacemos se almacenan en nuestro cerebro transformándose en recuerdos. Es imposible que podamos recordarlo todo, si bien esto no quiere decir que esas vivencias no estén también almacenadas en algún lugar de nuestro cerebro, aunque sintamos imposibilidad a la hora de alcanzarlos. No obstante, cuando esto sucede sí que podemos experimentar a lo largo de nuestra vida la activación de las huellas emocionales, que están relacionadas también con los recuerdos. Como en artículos anteriores habíamos hablado sobre lo que es la huella emocional, sería bueno recordar de qué se trata: la emoción asociada al recuerdo.

Necesitamos tener en cuenta que los hechos vividos sufren una alteración debido al proceso de estructuración e interpretación, y, por tanto, lo que se recuerda es una realidad percibida y subjetiva. Por ello, en algunas ocasiones, cuando hablas con alguna persona de tu entorno sobre un acontecimiento del pasado cada uno de vosotros lo recuerda de una manera diferente.

Los recuerdos que mejor mantenemos son aquellos que han tenido un significado para nosotros por su impacto emocional: la graduación, el nacimiento o fallecimiento de un miembro de la familia, el primer beso, la decepción de un buen amigo…

Por lo que no podemos entender los recuerdos sin el impacto emocional que tuvieron aquellas vivencias para nosotros. Las emociones influyen en la creación y también en la evocación de éstos.

Una consecuencia de los recuerdos es la forma en la que interpretamos la realidad presente, aunque la mayoría de las ocasiones no seamos conscientes del vínculo que existe entre la interpretación con las situaciones experimentadas en el pasado.

¿Por qué ocurre esto? Debido al aprendizaje intrínseco de las experiencias vitales. Pongamos un ejemplo: cuando tenías 14 años intentaste subir una cuesta con la bicicleta, pero era tan empinada, que te acabaste bajando de ella y la subiste andando. Debido a aquella experiencia, has creído que nunca podrías subir esa cuesta, por lo que ya no lo has vuelto a intentar. ¿Ves cómo puede influir una experiencia pasada en el presente? Esto es un arma de doble filo. Muchos de los aprendizajes realizados serán sanos, pero otros no lo serán tanto. Es un aprendizaje adaptativo aquel que me ayude a no correr un peligro, por ejemplo. Un aprendizaje desadaptativo sería el expuesto de la bicicleta, que, además, influye directamente en mi autoestima.

¿Qué ocurre si vivo de los recuerdos?

Vivir de los recuerdos es lo contrario a vivir en el presente.

Vivir de los recuerdos en momentos concretos puede ser un gran momento para con nosotros mismos o para compartirlo con los demás. Es una manera de conocernos y darnos a conocer. Los recuerdos son nuestra historia, y poder evocarlos es muy nutritivo, puede ser reparador y también puede ayudarnos a reconstruirnos en ciertos momentos. Sacar provecho de nuestros recuerdos o vivencias pasadas convirtiéndolos en aprendizaje.

Sin embargo, muchas veces nos quedamos anclados ahí. Ahí es el pasado y esto es contraproducente en todos los sentidos. Cuando lo alargamos en el tiempo podemos experimentar sensaciones de manera frecuente, duradera e intensa relacionadas con la depresión: nostalgia, melancolía, desesperanza, tristeza, desánimo, desilusión, etc.

Podemos vivir en el pasado de dos formas diferentes. A algunas personas los sucesos vividos les perturban, mientras que otras viven echando de menos los momentos ya experimentados.

¿Cómo puedo darme cuenta si vivo de los recuerdos?

  • Cuando realizas un análisis de una o varias situaciones vividas de manera frecuente.
  • En el momento que quieres cambiar lo que fue.
  • Experimentas de manera constante emociones como la nostalgia, la culpa, la frustración, el dolor o la impotencia por algo que ya pasó.
  • Tener la sensación de no pasar de página.
  • Considerar que te pierdes momentos del presente, o directamente, no quieres experimentar según qué experiencias debido a las emociones a las que lo asocias por ya haberlo vivido anteriormente.

La trampa de la nostalgia

La nostalgia es una emoción que tiene que ver con el anhelo que experimentamos hacia situaciones, actitudes, rasgos, habilidades, experiencias pasadas, etc, y que, ahora no sentimos o no encontramos. Creemos que todo lo pasado fue mejor. Esto no es cierto, es un efecto que nos produce sentir nostalgia, una jugarreta de nuestro cerebro. Uno de los problemas que experimenta una persona que vive de los recuerdos es que considera que su pasado siempre fue mejor que el presente o el futuro que le espera, produciéndole, además, sensaciones como la insatisfacción. El exceso de nostalgia puede ser destructiva porque nos aleja de la capacidad que tenemos de valorar el presente y construir nuestro futuro.

¿Cuál es la forma de solucionarlo?

Lo primero que necesitamos hacer es ser conscientes e identificar que estamos escapando de nuestro presente. Esto quiere decir que estoy prestando atención al pasado (o al futuro en otro casos, pero que habrá ocasión de tratarlo en otro artículo), por lo que será necesario hacer dos cosas:

  • Trabajar ese recuerdo que me perturba. Aceptarlo, resignificarlo, poder evocarlo sin tanto movimiento emocional.
  • Aprender a vivir en el momento presente gracias al entrenamiento de nuestra atención. Lo bueno de esto es que tú eres quien diriges a la atención, y no al contrario. Siempre y cuando te des cuenta y te esfuerces en dirigir ésta hacia el presente.

Es necesario meditar. Esta práctica nos permite poner el foco de atención en las sensaciones presentes, dejando así de divagar. Además, comienza a apreciar y a ser consciente de lo que tienes. Poder apreciarte a ti mismo, a los demás y a las vivencias actuales. Gracias a la apreciación podremos poner en práctica el proceso de valoración.

Otra de las claves es la aceptación: decir que sí a lo que fue, aprender de todo aquello desde la comprensión, y encaminarnos hacia el presente que es el único tiempo real porque es el que existe. El pasado ya no.

Quizá todo esto no sepas cómo llevarlo a cabo de manera individual. Tranquilo, es normal. Para ello estamos los profesionales de la salud mental, que somos los encargados de ayudarnos a encontrar las herramientas para poder tener una vida plena y estable. Pero, ¡ojo!, esto no quiere decir tenerlo todo y ser felices para siempre. No podemos olvidarnos de cuál es la realidad, que las frustraciones y el dolores, forman parte de la vida.

¡Apuesta por tu crecimiento personal! En serio, merece la pena.

«Los recuerdos son como la sal, la cantidad correcta da sabor a la comida, pero demasiada la arruina.» – Paulo Coelho

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